Enamorándome de Florida

Apuntes sobre el paisaje y la memoria

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La curva de la orilla

Hace un día espléndido y hemos decidido visitar el lago Okeechobee: el origen de los Everglades, la fuente, the source, el punto desde donde la hierba de sierra se derrama para inundar el sur de la península. Tomamos Okeechobee Rd, la US-27, que nos conduce una vez más en dirección al norte, ese norte que misteriosamente nos ha convocado las últimas semanas. Nuestro auto se abre camino entre el verde húmedo, por donde asoma de forma intermitente el plateado del agua. Ha llovido; bajamos las ventanillas y el aire huele a tormenta.

El camino

A medida que avanzamos, la belleza del extenso humedal comienza a ser sustituida por vastas praderas que alternan los cultivos y la ganadería. Aparecen los canales que desvían el curso natural de las aguas en beneficio humano, condenando a una muerte lenta al fragmento que nos queda de los Everglades, aquellos que según Marjory Stoneman Douglas son únicos en la geografía del planeta: «No hay otros Everglades en el mundo».

El aerodeslizador

Desde que leí a Marjory, me gustaba pensar que literalmente vería a la hierba de sierra brotar sobre el alto dique del lago y expandirse; que si cerraba los ojos, podría oírla moverse hacia el sur, el rumor fluvial de su avance. Mi ilusión no se rompió al notar que el césped uniforme del dique carecía del desorden salvaje y libre de la naturaleza. Al cerrar los ojos, aún pude escucharla palpitar, su semilla fértil bajo la tierra, viva aún, esperando una oportunidad para renacer, una tregua de la civilización para volver a alimentar a su creación más trascendental: el gran río de hierba.

La casa de Pahokee

Bordeamos el pueblo de Belle Glade y seguimos hasta Pahokee. Fundado en 1922, Pahokee huele a pueblo viejo, lo que en nuestro caso consideramos un elogio. Muchas de sus antiguas casas de madera revelan su pasada suntuosidad; el tiempo no ha logrado apagar su belleza. Los tractores parecen pastar, cual auténticas bestias mecánicas, entre los sembrados. Al salir, se une a nuestra ruta la línea del ferrocarril. Hubiera sido algo sublime recorrer estos parajes acompañados por un viejo tren, pero solo nos acompañan los rieles: firmes, constantes. Al otro lado de las vías se alza el dique. A la derecha se suceden el bosque y algunas propiedades que se integran como un elemento más del paisaje. De la tierra mojada sube un vapor, una niebla característica del clima de la zona.

La represa

El lago Okeechobee es el nudo de una vía fluvial que atraviesa el estado de costa a costa: a la izquierda, el canal hacia el río Caloosahatchee; a la derecha, el que conecta con el St. Lucie. Y es precisamente sobre las aguas de este último, justo al inicio del Lake Okeechobee Scenic Trail, donde hacemos nuestra parada a orillas del lago.

En lo alto sobresale una titánica construcción que regula la fuerza de las aguas. Subimos por una estrecha carretera hasta la cima del dique. Cerca de la orilla hay una pequeña isla verde que, desde ciertos ángulos, semeja la cabeza de un aligátor asomado sobre la superficie. Una ancha franja de piedras separa el césped de una especie de playita. Esta orilla no tiene arena, sino miles de pequeñas conchas multicolores que crujen bajo nuestros pies. Algunos esqueletos de peces, devorados quién sabe por qué criatura, han sido traídos a tierra por el oleaje. En el lejano horizonte donde se encuentran el agua y el cielo, azota una violenta tormenta. El gris de la lluvia se difumina sobre el agua desde las nubes.

El esqueleto de pez

Hay una luz especial que da profundidad a los colores; aprovechamos el fenómeno para hacer varias fotos. Los flacos brazos de algunas hierbas que nacen entre las rocas se extienden hacia el agua, como añorándola. Hay una calma sobrenatural acá, una extraña expectativa. Es uno de esos momentos de revelación. El dios aligátor, cubierto de hierba, nos contempla en silencio desde el lago en forma de isla. Arriba, como un Partenón fluvial, se alzan los pilares de la represa. Acá puede sentirse el alma eterna del lago, sin interferencia. Es el corazón de nuestra jornada.

La isla

Iniciamos el regreso por el Turnpike, en silencioso descenso al sur. A nuestras espaldas, en medio de las sombras y bajo la forma de un enorme ojo de agua dulce, late el centro de la Florida. Si cierras los ojos, quizás puedas escuchar sus latidos, sincronizarlos con los tuyos y experimentar en cada célula la suerte enorme de que la vida nos haya traído a estos parajes, donde la mirada del aligátor o el rumor ancestral de la hierba de sierra conocen mejor los secretos de nuestras almas que nuestra propia conciencia.

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