Enamorándome de Florida

Apuntes sobre el paisaje y la memoria

Conóceme · Índice

Naranjo cargado de frutos en un campo de Arcadia, Florida

Lo primero que viene a mi mente al recordar nuestro primer viaje a Arcadia son los extensos campos de naranjas, desplegándose infinitamente como una carnada dulce y jugosa. Lo segundo es un persistente recuerdo olfativo que nos acompañó días después de volver a Miami: el olor a viejo, a antigüedad, a fantasmas. Desde que llegamos al Oak Park Inn —en el corazón del distrito histórico, frente al árbol del conocimiento sembrado en 1938— nos acomodamos entre muebles únicos y olorosos a historia, parecidos a los que llenan las múltiples tiendas de antigüedades del bulevar. El espíritu del pueblo comenzó a colarse en nosotros casi sin darnos cuenta.

Entrada del Oak Park Inn de noche, en el distrito histórico de Arcadia

Hospedarse en el Oak Park se siente como estar en casa, si esta fuera una mansión antigua impecablemente conservada donde cada objeto cotidiano es una pieza de museo. Presencias etéreas iniciaron una invisible danza de seducción en nuestras almas. Todo a nuestro alrededor era extraordinariamente raro, pero nos sentíamos como en nuestro hogar.

Salón del Oak Park Inn con muebles antiguos

A pesar de llegar antes del atardecer, casi todos los negocios ya estaban cerrados, pues allí la actividad muere a las cuatro de la tarde. Tuvimos que esperar al día siguiente para disfrutar esa seductora fiesta ya que, como nos advirtió uno de los dueños, no era aconsejable merodear por las solitarias callejuelas tras la caída de la noche.

Calle del centro de Arcadia al anochecer

Amanecimos en Arcadia. El ancestral árbol del conocimiento extendía sus ramas hacia nuestra ventana como dándonos los buenos días. Preparamos un café en la confortable cocina de nuestro refugio provisional antes de salir al encuentro de la esperada feria del pasado.

El árbol del conocimiento visto a través de la ventana bajo la lluvia

Tiendas de antigüedades. Cientos, miles de objetos reunidos en una sola calle: comunes, disímiles, extraordinarios o inverosímiles. En una de las tiendas, un cartel lo recordaba: todos los artículos aquí reunidos pertenecieron a personas ya muertas. Lejos de aterrarme, me fascina dar continuidad al uso de algo que perteneció a alguien que ya no está en su forma física. En Arcadia dicen que los antiguos habitantes caminan invisibles junto a los vivos; si pudiéramos atisbar el mundo de las almas, veríamos una calle abarrotada.

Vidriera de la tienda The Vintage Garden, antigüedades y decoración
Maniquí de mimbre con vestido de encaje en una tienda de antigüedades

A una cuadra de nuestro hotel se alza, majestuoso y terrible, The Old Opera House. Tras subir su raída escalera de madera —bajo un gastado cartel que reza Antiques Downtown— nos paramos en el mismo escenario donde, desde 1902, artistas de la ópera actuaron ante un público que el tiempo redujo a polvo y a ecos entre paredes carcomidas. Allí están los artefactos del teatro, las luces, los instrumentos musicales, la tramoya, el vestuario, y sobre todo, el olor, el olor a un perfume rancio, a la fragancia que se esfuerza por adornar el aura olfativa de un cadáver. Allí está la foto de J. J. Heard, el Opera House Builder, el viejo cartel anunciando el próximo espectáculo, protagonizado por Hazel Burguess y Edward Lawrence. Escogimos algunas piezas, souvenirs, y fuimos a pagarlas al viejo Bobby, en su silla de ruedas, que lleva diecisiete años trabajando allí. Como habíamos escuchado que varios genuinos cazadores de fantasmas se habían aventurado en el segundo piso de la ópera, en busca de los fantasmas que todos saben se reúnen en noches señaladas, le preguntamos al viejo Bobby, que nos respondió con una enigmática sonrisa y nos mostró la figura aparentemente inofensiva de un conejito de porcelana que, según él, está poseído por un espíritu. Lo había sacado de un lugar donde guarda otros objetos «especiales». Le dimos las gracias, pero rechazamos el regalo con toda la cortesía de que éramos capaces, y le pedimos encarecidamente que nos asegurara que ninguno de nuestros souvenirs tenía el menor vestigio sobrenatural.

The Old Opera House de noche
Escalinata de madera del Old Opera House bajo el cartel de Arcadia Downtown Antiques
Escenario del Old Opera House con el arco de 1906
Figura de fantasma entre las vigas del Old Opera House

Salimos de la ópera y nos perdimos en el inmenso y cautivador océano de tienditas. Todas tenían algo que las distinguía. The vintage garden recreaba habitaciones completas, trajes de novias, accesorios, espejos, extravagancias de modas pasadas. Abundaban el blanco y los suaves colores pastel. En un establecimiento vecino encontramos las muñecas. Hermosas, enquistadas en nuestra memoria como temibles objetos de terror, inculcado por memorables películas del género. Lámparas, muebles, decoración, porcelanas, vajillas, pistolas, maniquíes, hasta armaduras medievales y ¡el esqueleto intacto de una sirena!

Muñecas antiguas en una vitrina
Esqueleto de sirena en la vidriera de una tienda de antigüedades

De vuelta en el hotel empacamos con cierta resistencia. Dejamos una huella en la habitación —quién sabe cuántos entes se alimentarán de la energía de vida que dejamos allí—, pero nosotros también nos llevamos una marca.

Arcadia quedó atrás. Nuestro auto se adentró nuevamente entre los naranjales para poner rumbo al sur de la península.

Es tarde en la noche y todos duermen mientras escribo esto. Entro al baño a darme una ducha y, confundido con el sonido del agua, escucho un quejido. Cierro la llave, el perro ladra y un escalofrío me recorre: ¿habremos traído alguna presencia entre los souvenirs? Desecho el pensamiento de inmediato. Días después, un compañero de viaje me confiesa que todavía lo acompaña el olor de The Old Opera House. A mí me pasa lo mismo. Esa huella olfativa se resiste a marchar, como una estrategia del pueblo para obligarnos a regresar.

Y regresamos muchas veces. Bebimos de su poesía íntima antes de que el huracán Ian la golpeara en 2022. The Old Opera House sufrió daños tan graves que perdió su magia original al convertirse en un moderno Centro Cultural; algo valioso por su uso comunitario, pero que la obligó a renunciar a su antigua identidad. Sin saberlo, con mis fotos estaba construyendo el registro de un sitio cuyo encanto tenía los días contados. Los techos colapsaron sobre las tienditas viejas, hundiéndose en el recuerdo. Aun así, Arcadia conserva su gracia tímida e íntima. Y esa parte que perdió no morirá mientras tengamos memoria para amarla, pues seguirá siendo eterna en nuestras fotos y palabras.

Posted in

Deja una respuesta

Descubre más desde Enamorándome de Florida

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo