A pesar de mi preferencia por fotografiar los rincones más intrincados en su momento más silencioso y solitario, este tipo de lugares también están habitados. Y sus personajes son tan enigmáticos como los parajes que ocupan. Su interacción conmigo —un latino hispanohablante lleno de pasión y curiosidad (no sé hasta qué punto visibles) con una cámara en la mano— ha resultado una mezcla de lo cotidiano y lo extraordinario.
El capitán Gary es quizás el más pintoresco. Me recuerda al personaje de El viejo y el mar, de Hemingway. Lleva una camisa raída de mezclilla con las mangas cortadas y una cinta amarrada a la cabeza, bajo la cual se mueven inquietas unas espesas cejas canosas. De allí se derraman una barba blanca algo descuidada y una copiosa cabellera cuyo tono semeja las aguas de aquella costa. Su voz ronca sabe contar historias; conoce miles y nos las va regalando en cada viaje a través del sinfín de islitas de los Everglades.

En su prodigiosa imaginería es difícil distinguir dónde termina la realidad y empieza la fantasía. Que si las espátulas rosadas, con su deslumbrante plumaje, corren peligro de extinguirse y solo habitan este rincón de Florida y algún punto lejano de Australia. Vuelan espantadas a nuestro paso, y hay tantas que cuesta imaginar que su especie esté camino a desaparecer.
Que si los peces sierra de un manglar apartado son sus mascotas. Les echa comida por las tardes y todos acuden al notar la presencia de su bote. En efecto, detiene la embarcación y un banco de peces sierra rodea la nave, como salido del capítulo más increíble de una novela de García Márquez.
Que si entre todas las islas hay una adonde un pirata llevó prisionera a su amada y vivió con ella un idílico y salvaje romance. Contaba el capitán que en la isla el pirata escondió sus tesoros y que, en una ocasión, allá por los años cincuenta, él mismo desembarcó en ella a un portugués y a un cubano que investigaban la historia.
O que él sabe que a las cubanas les gustan las manzanas azucaradas, porque hace años una cubana estuvo mariposeando, traviesa, por los terrenos cercanos a su corazón.
Gary fue nuestro guía en un sinnúmero de travesías por las islas pequeñas y salvajes de los Everglades. Siempre estaba de buen humor. Su rostro oscilaba entre el agotamiento de los años y el placer evidente de saberse un hombre libre, dueño de uno de los paisajes más hermosos del mundo.
Sin embargo, hubo una vez —la única— en que no lo vimos feliz, y tuvo que ver con una chica.

Esta chica llegó hasta la costa de Smallwood Store —adonde íbamos con frecuencia en los días libres solo para disfrutar de la paz y el silencio— con un atuendo exótico y aventurero. Le pedí unas fotos y posó plenamente consciente de su belleza salvaje y, en contraste, un poco tímida, justo antes de echar su bote al agua con todos los pertrechos para la expedición.

Sorprendiéndonos a todos, el capitán Gary, que estaba sentado en la orilla, recién vuelto de uno de sus viajes, le dijo que debía pagar veinte dólares por echar la embarcación allí. Ella le respondió que trabajaba en el Habana Café y apeló a que eran casi vecinos, pero él, tan amable siempre con nosotros, se mostró rudo con ella: le dijo que si él iba al restaurante, ella no lo atendería gratis. Una señora del food truck sonreía con Gary como reprendiéndolo con la mirada por comportarse así. Fue una escena incómoda e inesperada.
Finalmente ella le dijo que pagaría al regreso.

Nos fuimos tarde de Smallwood; Gary ya se había marchado a su casa casi al anochecer y ella todavía no volvía: creo que nunca tuvo intención de pagarle. Se perdió para siempre en el atardecer plateado, entre los reflejos del agua, en busca de quién sabe qué aventuras. Aquella dama amable y valiente, a quien terminamos llamando entre nosotros: La Dama de los Everglades.
A la última señora de este relato nos la topamos en nuestra incursión por Loop Road. Pocos saben que la US-41, llamada Tamiami Trail, no siempre siguió el curso que hoy recorre. La llamada Loop Road no es más que un fragmento de la antigua Tamiami. Saliendo desde Miami, se desvía de la ruta actual por varias millas a través de la reserva de Big Cypress, y vuelve a enganchar con ella en Monroe Station.

Loop Road cerca del atardecer guarda una tranquilidad casi excesiva. Tuve la sensación, al principio, de que aquella quietud tenía algo de la extraña calma que siente un ciervo cuando es acechado por su depredador, en esos segundos antes del zarpazo mortal. Nos detuvimos a fotografiar unas ruinas entre la maleza, frente a un terreno con varios trailers. Al otro lado de la carretera descansaba un auto viejo y oxidado con una calavera adentro. Mientras fotografiaba el auto, noté que la señora se acercaba desde una de las casas rodantes, acompañada de su perrita. Al principio pensé que traía escondida una vieja escopeta y que, si yo resultaba ser un intruso molesto, no tendría empacho en dispararme.


Sin embargo, para disipar la tensión que me provocaba el lugar, resultó ser sumamente amable. Le explicamos que nos gustaba buscar la Florida de años atrás, esa donde la modernidad aún no había conseguido erosionar la belleza original de estos parajes ni volverlos, como casi todo lo que toca, idénticos al resto del mundo.

Nos contó que las ruinas que fotografiábamos eran de un antiguo laboratorio. ¿Quién pondría un laboratorio en estos lares y por qué? Nos habló de su juventud en la ciudad y de su retiro a este rincón del bosque, apartado y mágico. Le pedí retratarla y, con la sonrisa de quien se sabe aún bella, accedió de buen grado.

Al marcharnos me prometí imprimir la foto y llevársela de regalo, pero la vida y el afán por descubrir siempre un sitio nuevo hicieron que pospusiera la promesa una y otra vez. Quizás uno de estos días regrese —espero que viva aún— y nos volvamos a encontrar, su sonrisa y yo, y esta vez sepa que no necesita llevar oculta la escopeta de mi imaginación, con la que todavía la recuerdo al volver a su trailer con su perrita. Quién quita que, igual que ella, toda Florida sea una enorme bestia herida que en más de una ocasión ha estado a punto de saltarme encima para matarme, pero ha terminado por no hacerlo al adivinar el amor que le tengo.

Cada una de estas historias le da vida a esos personajes para quienes los lugares que transitamos como invitados son, en verdad, un hogar. Gestos como estos los humanizan ante mi mirada. Les devuelven esa pulsión vital que, en mi obstinación por fotografiar el silencio o la soledad, casi siempre se queda fuera del encuadre.
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